ANTARES 1

miércoles, 01 de octubre de 2008

Por LIDER9295 @ 4:18


Cuestión
de mala suerte

El bueno de Jones se encontraba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Max Haines

Nadie habia dicho nunca una mala palabra sobre Edwin Jones. No mientras estuvo vivo. Tampoco después de su muerte. El merecía un mejor destino.
Si alguna vez un hombre estuvo en el sitio incorrecto en el momento incorrecto, fue Edwin Jones, de Hamilton, Ontario. Jones era un trabajador del acero, empleado por Dominion Bridge en 1957, cuando la ironía, la coincidencia, o tan sólo la mala suerte lo llevó a perder la vida.
Edwin y Lena Jones llevaban ocho años felizmente casados y tenían cuatro hijos, que iban desde los 14 meses hasta los seis años. Los Jones eran profundamente religiosos, miembros de la organización Testigos de Jehová. Sólo una semana antes de la tragedia, Lena había tomado parte en la convención de Testigos de Jehová en Toronto, donde ella, con otros cientos de personas, fue bautizada.

Edwin, por su parte, distribuía literatura religiosa, asistía a reuniones y era un hombre de familia ideal. Cuando tenía 17 años, Edwin había entrado en una casa del vecindario que estaba en llamas y había rescatado a dos niños. Ese era el tipo de hombre que Edwin Jones sería toda su vida.

El 10 de julio, Edwin dejó su hogar a las 7:30 para asistir a una clase de Biblia en la casa de Ray Caffery. Después haría llamadas de seguimiento a algunos hogares donde previamente había distribuido material religioso. De camino a su casa compró unas compresas sanitarias para su esposa en una farmacia cercana.

Según se iba aproximando hacia la farmacia de Maga y Hopkins en la Avenida Parkdale, en Hamilton, no podía saber que en ese preciso momento un pistolero estaba robando la tienda.

Minnie Lindsay, de 66 años, miró con terror el cargador de un extraño y enorme revólver, cuando el hombre de ojos salvajes que apuntaba el arma demandaba: “Abre la caja o te mato”. Minnie abrió la caja. Ella y el chico de las entregas a domicilio, Roy Harrison, de 16 años, fueron amordazados y atados con cinta adhesiva.

La escena adentro de la farmacia se volvió irreal cuando entraron clientes y el hombre armado les atendió. En dos ocasiones, fue al dispensario y desató a Minnie para preguntarle dónde estaban ciertas medicinas. Después, calmadamente, sirvió a los clientes quienes estaban totalmente ajenos a la situación.

Entonces, Edwin Jones entró. Una vez más, el ladrón en calma atendió al cliente. Cuando preguntó a Edwin si tenía un auto y recibió una respuesta afirmativa, sacó su Brescia italiana .35 mm y llevó a Edwin hacia su Buick gris de 1946.

Desconocido para los empleados de la farmacia amordazados, el ladrón ahora tenía un rehén y 51,37 dólares; es decir, sus ganancias del robo. Mientras tanto, Lena Jones esperaba a su marido.

A la mañana siguiente, dos granjeros tropezaron con el cuerpo de Edwin Jones al lado de una solitaria carretera entre Welland y St. Catrherines. Había sido golpeado en la cabeza con un martillo y le habían apuñalado repetidamente en la espalda.

El comisario Ken Armstrong, desde entonces retirado, recordaba la escena demasiado bien. Años después del crimen, en su casa de Toronto, bebimos café (Max Haines habla aquíGuiño, mientras él recordaba los detalles de la investigación de asesinato. El cuerpo yacía cara abajo en la maleza, el martillo sangriento se encontraba al lado y el Buick estaba abandonado con gran cantidad de panfletos religiosos de Testigos de Jehová.

Inmediatamente, Armstrong reunió a los agentes que se encargaron de la investigación. Armstrong, por cierto, se mantuvo en el caso hasta su conclusión. “Inicialmente no había conexión inmediata entre el cuerpo hallado cerca de Welland y el robo en Hamilton. Recuerden, ningún testigo vio a Jones entrar o salir de la farmacia. Cuando encontré la caja con las compresas sanitarias compradas por Jones en la farmacia, estábamos seguros de que el hombre que mató a Jones era el mismo que había robado la farmacia en Hamilton”.

Lena Jones identificó positivamente a su marido y así se inició la caza. Los detectives estaban sorprendidos por el motivo. Ciertamente no tenía que ver el robo. Muchos sintieron que alguien odiaba lo suficiente a Jones como para asesinarle por sus creencias religiosas.

La ruta del asesino se recompuso pronto. A las 12:30 de la mañana del 11 de julio, había alquilado la habitación número 21 en el hotel Niagara Falls por tres dólares. Era obvio para la policía que el asesino, viajando desde Halmiton, había escogido erróneamente el lugar cuando paró en la calle solitaria para matar a su víctima. Debió sentir que estaba cerca de las cataratas, una entrada a Estados Unidos, por eso no continuó en el auto.

En realidad, tuvo una larga caminata. Una vez en las cataratas del Niágara, buscó un cuarto. El propietario del hotel, Carmelo Menechella, fue capaz de dar una descripción detallada del hombre alto y delgado, que cuadraba perfectamente con la descripción dada por  Minnie Lindsay y Roy Harrison, las víctimas cautivas de la farmacia. Al mostrar fotografías de criminales previamente convictos por robos a mano armada, los tres eligieron un sospechoso, Thomas LaPlante.

Las comisarías de policía en el norte de Estados Unidos fueron notificadas para que estuvieran atentas a LaPlante, nativo de Hamilton. Sólo 11 días antes del asesinato, había sido liberado de la penitenciaría de Kingston, donde había estado cumpliendo condena por robo a mano armada.

El mismo día se recibió información de que LaPlante había sido detenido en Mariemount, un suburbio residencial de Cincinnatti. Cuando se le detuvo por vagar, LaPlante, de 22 años, no tenía identificación, estaba armado, y había mutilado sus huellas dactilares de los dedos con ácido sulfúrico.

El revólver italiano, el cual LaPlante declaró haber comprado en la calle por dos dólares, contenía trozos de papel de acero en vez de balas y era, por supuesto, inoperable. El cuchillo con el que asesinó a Jones nunca se encontró, ya que lo tiró en el canal de Welland.

LaPlante fue llevado de nuevo a Welland, juzgado, declarado culpable y sentenciado a muerte. Confesó de inmediato haber matado a Edwin Jones, no por dinero, no por odio, sólo porque Jones le podía identificar.

En ningún momento LaPlante mostró remordimiento alguno.

El 16 de enero de 1958, LaPlante comió como último deseo pollo en la cárcel del condado de Welland y dijo a sus compañeros de presidio: “Lo ven, chicos”, y se fue a la horca. Las palabras eran irónicas, pues tras la ejecución se reveló que Tommy LaPlante había donado sus ojos al banco de ojos de Ontario. Seguramente la única cosa decente que hizo en sus 22 años de vida.l

Ilustraciones: David Márquez

Tomado de la Revista Estampas- El Universal

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